Se preguntarán cuál es el motivo de por qué odio especialmente la temporada navideña.
Mi nombre es Grinch. Para los que no me conozcáis soy de color verde, me habréis visto alguna vez, y en estas fiestas muchos me nombran, sobre todo porque seguramente en ocasiones habréis pensado igual que yo. Misántropo y siempre estoy de mal genio. Os preguntaréis cuál es el motivo de por qué odio especialmente la temporada navideña, haciendo especial hincapié en lo perturbadores que son para mí los diversos ruidos de la época navideña, incluido el canto de los villancicos en los centros comerciales que suenan en bucle desde «Santa Claus llegó a la Ciudad» de Luis Miguel, «El Tamborilero» de Raphael el día de la cena de Nochebuena, el mix de Rosana con «En Navidad» o la eterna «pesadilla» de los Cantajuegos. Hoy me voy a sincerar. Hago memoria de lo que ha sido el año 2019 y me pongo serio.
Si hay alguien hoy en día que se parezca mucho a mí, y quizá me entienda, es Greta (Thunberg), la «niña verde» que parece estar siempre enfadada y que también es muy introvertida, pero con un mensaje muy potente en la lucha contra el cambio climático y en contra de las nefastas políticas medioambientales. La gente quiere soluciones, compromisos y acciones. La Navidad puede esperar.
Me enfurece la campaña electoral eterna que hay en este país como nueva forma de gobierno, donde el pensionista, el parado, el autónomo, el empresario y la nueva irreverente generación Z buscan respuestas a sus preguntas, en ocasiones, solución a sus problemas. La cuestión catalana no me deja dormir, en busca de una «solución» que contente a todos bajo la bandera de la tolerancia.
No puedo abandonar mi espíritu gruñón y anti-festivo cuando veo que los niños migrantes que llegan a España sin sus familias y vienen buscando una vida mejor no tienen derechos. Para mí los derechos del niño son el mejor regalo de la Navidad.
Si estoy amargado y malhumorado es porque no puedo dejar de pensar en las mujeres que buscan vacaciones, y no de Navidad precisamente, si no de golpes, amenazas, gritos y muerte. Ellas son las víctimas de violencia machista. Para ellas no hay Navidad.
Me entristece que nadie hable de las guerras activas: Sudán del Sur, desde 2011 385.000 muertos; Afganistán desde 2001 131.000 muertos; México desde 2004 100.000 muertos; Turquía desde 1984 32.000 muertos; Nigeria desde 2009 29.000 muertos; Myanmar desde 2017 24.000 muertos; entre otras. El Brexit, los movimientos secesionistas, el auge de la ultraderecha, la guerra comercial entre EE.UU. y China, son muchos los problemas abiertos en el mundo y cuya solución nadie se atreve a pronosticar.
No soy tan malo como dicen, sólo que no interpretamos la Navidad de la misma manera. Este año sí habrá regalos por mi parte, serán para los afectados por el temporal DANA en la Vega Baja y Murcia en septiembre, para que dispongan de todos los recursos materiales y humanos necesarios para volver a ser lo que eran lo antes posible y que no caigan en el olvido. Para ser anti social estoy hablando demasiado.
No soy como soy por casualidad, y no terminaré con las clásicas frases navideñas empalagosas de «Feliz Navidad, felices fiestas y feliz año», me quedo con una reflexión de Noam Chomsky: «El optimismo es una estrategia para crear un futuro mejor. A menos que creas que el futuro puede ser mejor, es poco probable que asumas la responsabilidad de construirlo».






